Un cuento de hadas

Esperanza es un hada, aunque no lo sabe. Realiza su actividad “hadil” mientras aparentemente duerme, ante los ojos de aquellos humanos que han perdido casi toda su imaginación.

   Un día, o mejor dicho, una noche, Esperanza descubrió que una de sus alas estaba rota, rasgada. Sin sus alas no podría volar, ni desplazarse, ni soñar,… ni ayudar a los demás a encontrar su propia felicidad, que por otra parte es lo que más les gusta hacer a las hadas.

   No sabía que hacer. Se sentía algo perdida. Entonces decidió embarcarse, siguiendo su intuición, hacía el Castillo del Aire. Allí vivía el Representante de todos los seres mágicos, elegido entre todos por su gran sabiduría y también por su mayor corazón.

   Tras varios días de fatigoso viaje en el que nuestra pequeña protagonista no perdió ni un ápice de su imaginación, llegó al Castillo de Aire. Nunca había estado allí, pero era tal y como describía los cuentos. Asentado sobre nubes de algodón, se erigía un castillo alto y de color blanco, cuyos límites se confundían con el aire.

   El pasillo de la entrada estaba custodiado por antorchas; se trataba de fuegos eternos que mantenían vivos los sueños; los hacía crecer.

   A medida que Esperanza se acercaba al salón “Solucionador”, el hada veía a un gran número de personajes mágicos muy diferentes entre si: unicornios, gnomos, gatitos habladores,…al escuchar los murmullos de todos sus compañeros, Esperanza sentía que sus problemas no eran tan importantes. Tan sólo era una pequeña hada verde cuya ala derecha se había rasgado. Se trataba de un ala transparente de tono verde y dorado. Ella no tenía problemas de amor, ni había perdido la fe en si misma,…tampoco había perdido la facultad de hablar o la memoria,…

   Le toco el turno. Le explico con todo el lujo de detalles existentes lo que había pasado.

   El Representante de todos los seres mágicos le señaló que su ala se había rasgado por dar demasiada importancia a comentarios malidicientes de personas, que al fin y al cabo, no eran las que más quería en todo lo ancho, largo y alto del universo. “La solución” dijo el Representante de todos los seres mágicos “es tener amor propio” añadiendo “cada palabra debe ser asimilada en su justa medida; y sobre todo saber quien eres”.

   Esperanza entendió sus palabras al instante, pero su ala no se curo tan rápidamente. A lo que el Representante de todos los seres mágicos, leyéndole la mirada, la mente y el corazón le dijo “debes tener paciencia; contigo misma y con los demás”.

   Esperanza dejo el tiempo pasar. Transcurrieron varias noches con sus días, hasta que el hada pudo volver a volar. No sólo se alió con el tiempo, sino que durante el día analizaba bien cada palabra dicha por su malhumorado jefe en su vida humana. Su ala no sólo se recuperó, sino que cobró más fuerza y brillo como nunca. Ahora si, Esperanza pudo dar la vuelta al mundo mil y una veces más.

 


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