El guardador de sueños

Fionna acababa de desembarcar en el aeropuerto de Heathrow. Era una chica alta, como lo suelen ser todos los de su especie mágica pues Fionna, aunque nadie lo sospechaba a su alrededor, era una Genio, pero no como nos los han descrito en los cuentos de hadas más tradicionales, en los que se les describe sin la mitad del cuerpo (convertido este en humo de diferentes colores) y saliendo de una lámpara maravillosa. De hecho cada Genio tiene su “Guardador de Sueños”, como les gusta llamarlos a ellos. Fionna era una chica alta de piel muy morena (aunque cada Genio puede tener el aspecto que ellos quieran), y con dos piernas, puesto que así se desplazan por donde ellos quieren.

   Después de unas horas de viaje, el Genio se dirigió a la sala especial para buscar su maleta. No tardo en visualizarla, ya que era una maleta llena de colores y en forma de estrella. Sin embargo al cogerla, notó una punzada en la boca del estómago. Se dio cuenta de que se había olvidado la llave que abría el candado de la maleta sobre la mesilla de noche. Ahora no podría abrir su “Guardador de Sueños”.

   Miro hacía todas las direcciones posibles, a todos los lados y también al suelo y al techo del interior del aeropuerto, miraba, buscaba, pensaba,…pensaba en que podía hacer. Su pulso y su corazón comenzaron a acelerarse.

   Algunas de las personas que se encontraban a su alrededor la comenzaron a mirar como si estuviera loca, confirmando este echo solo con ver “las pintas” que llevaba: una estrafalaria falda azul de dobladillo desigual y una chaqueta con todos los colores del arco iris, con una capucha muy larga que terminaba en una gran cinta que casi le llegaba al suelo. Además llevaba toda la cara con brillantina, destellos que los sueños suelen dejar en las personas, animales, planta y cosas al realizarse y que se quedan pegados a la piel; y que en las pieles mágicas es más visible para nosotros, los humanos. Se trataba de las personas duras de corazón, que habían decidido sembrar en sus vidas envidias y desconfianzas, recogiendo una gran inseguridad que iba creciendo a lo largo de los días.

   Otros simplemente la ignoraban. Se trataba de las personas que habían dejado de soñar. A ellos iban dirigida la ayuda de Fionna y de los de su especie. Una tristeza profunda embargo su corazón ¿Cómo podría ayudarlos ahora?

   Sin embargo había otras personas que sabían quien era, o más bien que era: los niños. Puesto que ellos tienen el espíritu abierto y no conocen de intolerancias ni rechazos. Aunque estos, no pudieron acercarse por que sus padres estaban demasiado ocupados con cosas tan poco importantes como coger un coche para regresar a casa o atravesar Heathrow con el destino de embarcarse en otro avión que les llevase a otro lejano lugar. Otros se acercaban preguntando si la joven estaba bien, y se disponían a ayudarla. Se trataba de los poetas, de los artistas, de los soñadores de gran corazón. Pero Fionna no sabía que responder. Nunca había estado en esa situación, no al menos que ella recordase. No sabía como explicar lo ocurrido y mucho menos que hacer.

   Se dio cuenta de que ella misma era la única que podía ayudarse, puesto que los demás estaban ocupados con sus propias preocupaciones, más o menos trascendentales (en realidad poco). Hizo memoria, desde la primera vez que ayudo a un ser humano a cumplir uno de sus sueños más preciados. Recordó con una sonrisa aquel viejecito escritor que vio compensado el esfuerzo de muchos años dedicado al mundo de las aventuras, con la publicación de sus obras. También se acordó de aquella harapienta mendiga que logró la reconciliación con su familia o de aquel niño que deseaba unos lápices de colores por Navidad con los que explayar su creatividad. Toda esa magia concentrada hizo que el Genio se olvidase de la preocupación inicial y de la angustia de no poder abrir su propio Guardador de Sueños. Cuando su mirada se dirigió hacía la maleta vio que en el candado había una llave. La Esperanza de un mundo mejor, lleno de sueños hechos realidad, llegó a transformarse en llave. Desde aquel momento los Genios, grandes y bajitos, gordos y delgados, dejaron de usar llaves materiales con las que proteger los sueños que repartían. La Esperanza se convirtió en la mejor de las llaves (para todos nuestros sueños).

 


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