Los débiles rayos del sol de aquella primavera calentaban levemente los gruesos muros del castillo.

Leonor miraba por la pequeña ventana de su habitación, como el mes de abril vencía al crudo invierno que habían padecido ese mismo año. Sonreía al sentir los rayos del sol acariciando sus mejillas y escuchando a los mirlos entonar una melodía sin repetición ni fin.

Sus ligeros pensamientos fueron interrumpidos por las alegres voces de sus cinco sobrinos.

-¡Tía Leonor, tía Leonor! Cántanos una de tus historias, aquellas que van cantando los trovadores por todo el Ducado.

-¡Si por favor, tía Leonor! –Imploró uno de los más pequeños.

-Esta bien – dijo Leonor, acercándose la lira para si.

 

“La la la la

Hubo una vez

en un reino cristiano

no muy lejano de aquí

una pareja enamorada

que se iba a casar.

Al poco tiempo

de contraer matrimonio,

el joven esposo

tuvo que partir a la guerra

para cumplir los designios

del Rey.

Noche y día

la fiel esposa

cantaba junto con su vieja lira

a la luna y a las estrellas,

a las nubes y al sol,

la esperanza de volver a estar

en los brazos de su amado.

Los días pasaban,

los años también.

La guerra se alargó demasiado.

Los campos eran cuidados

por mujeres y ancianos.

La sequía y la hambruna,

acudieron junto la muerte,

recordando que la guerra

seguía en las vidas de la gente.

La ya no tan joven esposa,

seguía lealmente con su cometido,

cantar la ausencia y la espera

de la llegada de su marido.

Un día de fuerte y seca tormenta,

uno de los emisarios del Rey

trajo una misiva real.

Los ojos de la paciente esposa

temblaron.

 Sus lágrimas caían con cada

palabra escrita.

Su amado esposo había muerto

por salvar la vida al Rey.

Los trovadores del lugar cuentan que

la esposa todavía sigue

cantando a la noche y a la oscuridad,

al día y a la luz,

y a la esperanza

de que su esposo regrese de aquella guerra,

que hace tantos y tantos años sucedió”.

 

Los niños se habían quedado profundamente dormidos al escuchar la suave y dulce voz de Leonor junto con la tranquila melodía de aquella vieja lira que acompañaba sus palabras.

Su mejilla derecha, ya arrugada por el tiempo y el dolor, era surcada por una lágrima que recordaba su vieja historia y su eterno amor.   

 


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